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HISTORIA
Según parece no hubo improvisación a la hora de establecer una ciudad en el cabezo sobre el río Arlanzón, El rey Alfonso III y sus consejeros, lo que sería su estado mayor, sabia perfectamente lo que mandaba en su decreto del año 884. El conde de Castilla, don Diego Rodríguez, y sus hombres más responsables, habían informado al gobierno de Oviedo sobre las razones para fundar una ciudad en el punto exacto de lo que hoy conocemos como el cerro de San Miguel.
Los castellanos del conde Diego habían aprendido a su costa una severa lección que les habían impartido con más frecuencia de la deseada, los árabes, ocupantes de entonces de la mayor parte del suelo peninsular. Cuando Córdoba como capital de la España andalusí, preparaba sus campañas contra los cristianos del norte, organizaba la acometida de acuerdo con su propia tradición de atacar el reino de Oviedo desde su parte oriental. La aceifa comenzaba en Medinaceli o en Zaragoza; en el primer caso, seguía la vía romana que unía Osma y Clunia con Najerá, avanzaba Ebro arriba y en la llanada de Álava-Miranda giraba a su izquierda, cruzaba Pancorbo al amparo de sus fortificaciones y se desparramaba por la incipiente Castilla, marchando por el eje de la vía aquitanatarraconense que , por León, Astorga y Lugo, llegaba hasta el "Portum Brigantinum" o la Coruña.
Los Árabes seguían la ruta natural que habían aceptado los romanos cuando consolidaron su imperio en nuestra península. La estrategia y los intereses aconsejaron a los señores de Roma la construcción de una gran vía que uniera el corazón del imperio con el Finisterre y así llevaron a cabo la gran carretera que desde Roma llegaba a Tarragona y que por el valle del Ebro buscaba la Bureba, precisamente en Bribiesca, la gran vía aquitana que desde Burdeos atravesaba los Pirineos, el Ebro, y Pancorvo hasta alcanzar la meseta del Duero. Desde Briviesca la vía única dominaba la altura que hoy llamamos la brújula. y entonces Cuculla y que por las Mijaradas buscaba los valles del Ubierna, del Urbel, del Odra y Pisuerga y seguía hasta el atlántico. Desde el cerro de San Miguel, se divisaban perfectamente las caravanas de mercaderes y hasta se oían los tambores y trompetas de las cohortes legionarias.
Pero los romanos no habían descubierto ningún camino nuevo. Simplemente, sus ingenieros dieron por buenas las sendas abiertas por los pueblos celtíberos, que por aquí hallaron; los berones, los autigrones y los turmogos habían recibido a su vez. La experiencia de otros pueblos anteriores, gentes cuya existencia no sospechaban siquiera don Diego y sus compañeros en la jornada del 1 de Marzo del año 884, dedicada a la fundación de una nueva población a la que llamamos Burgos.
Los oficiales del conde castellano no sospecharon, mientras señalaban los solares del castillo, de la iglesia, y para quienes serían los primeros habitantes burgaleses, que antes que ellos, quizá quince o veinte siglos antes, otros hombres, ubicados en la Edad de Piedra y del Hierro, se habían repartido ese mismo suelo para levantar sus chozas circulares. Y probablemente muchos siglos antes, tal vez medio millón de años antes, habían pasado junto a este cerro los hombres más primitivos que habitaron estos pagos y que hallaron refugio en las cuevas de la cercana Sierra de Atapuerca, cuando por aquí circulaban extraños animales y la tierra se adornaba con árboles de otros climas.
Burgos se plantó sobre un camino trazado por la naturaleza, el más cómodo de penetrar en el interior de la Península Ibérica o para salir de ella para Europa y unir las cabeceras de los ríos patricios, el Ebro y el Duero. Varios autores del siglo pasado resaltaron la feliz ubicación que abocaba la ciudad nacida en el 884 a porvenires insospechados y a protagonismos que la historia resalta con justicia. La situación marginal de Burgos, al pie de la meseta del Duero, entre los porillos naturales de Pancorbo y Somosierra hacia dentro y los frutos secos de Orduña, Angulo, Tornos y el Escudo hacia la mar, hizo posible que el vecino de Burgos adquiriera pronto una visión universal de los hombres y de sus cosas, sin encerrarse en los límites de la cerca de su castillo. Y esto sucedió porque él tenia facilidad para salir, y el forastero tenía comodidad para llegar. Por eso, Burgos desde que existe, aparece en todos las mapas y cartas de caminantes, siendo hoy en día una de las ciudades españolas con mejores comunicaciones; durante años ha sido la única ciudad de la meseta comunicada por autopista con Europa. El tramo de nuestro ferrocarril de Madrid a Francia fue uno de los primeros que se explotó (1860) y el llamado Ferrocarril del meridiano fue uno de los primeros con que se soñó para unir Madrid con Londres, pues se da la casualidad que el mismo meridiano de Londres cae perpendicularmente sobre Santander, el puerto de Castilla que serviría a los viajeros por mar, Burgos y Madrid.
La ventajosa posición geográfica de Burgos también ha deparado en ocasiones enormes catástrofes: en el año 1475 Burgos ejercitó por ultima vez su rango de cabeza de castilla, a un precio de sangre y fuego. Se dirimía la sucesión al trono, vacante por la muerte del rey Enrique IV, en medio de una guerra civil e internacional, pues una parte de los castellanos prefería a Doña Juana, la hija opinable del rey difunto, y otra se inclinaba por la princesa Isabel, hermana de Enrique. La tragedia se asentó en Burgos cuando los Zúñiga, tenientes del rey en el castillo, alzaron pendón por doña Juana y el concejo lo levantó por Doña Isabel. Ambas partes clavaron sus garras bélicas en Burgos, convencidas de que la posesión integral de la ciudad, era la llave estratégica de toda Castilla. Durante varios meses se luchó en los barrios altos y filas de casas desaparecieron; el mismo Rey Fernando dirigió las operaciones, concluidas con su victoria definitiva. Mucho más grave fue la situación creada a principios del S. XIX, con los rapaces proyectos de Napoleón, emperador de Francia. Su ambición arrolladora, enfrentada a la estulticia reconocida del rey de España, Carlos IV, y a la mediocridad y profundísima corrupción de su primer ministro, Manuel Godoy, hizo creer al francés que España y sus dominios aran una presa madura y fácil. En 1807 comenzaron a ser ejecutados los planes del gran corso, como le llamaban los historiadores, jugando con la palabra, pues corso es natural de Córcega, donde había nacido Napoleón y corso es también remedo de pirata. Napoleón no solo se contentaba con España, incluía Portugal y también Iberoamérica entera. En cuando analizo el mapa de la Península descubrió las claves de su proyecto. Para dominar España y Portugal debería poseer Madrid y Lisboa; para incluir América en la órbita de su imperio debía controlar los puertos de Lisboa y Cádiz. La marcha de ocupación de España y de Portugal marcaba una gruesa línea desde la frontera hasta Burgos. Desde aquí se dividía en doble dirección: una línea sobre el camino real de Somosierra alcanzaba Madrid, atravesaba La Mancha y Andalucía para morir en Cádiz; la otra, pasando por Valladolid y Salamanca, llegaba a Portugal y a Lisboa.
Burgos fue ocupada amistosamente en el otoño de 1807 por el ejército de Napoleón. Fue recibido como amigo y todos los vecinos de Burgos ofrecieron a los soldados mantas y colchones, alimentos y alojamiento. En las afueras, en el entonces pueblecito de Gamonal, instalaron una ciudad militar con capacidad para un cuerpo de ejército de 20.000 hombres. Los burgaleses comprendieron pronto que los franceses habían venido a Burgos para quedarse definitivamente.
El precio que pagaría Burgos por su importancia estratégica, tan solo sería superado por la inmortal ciudad de Zaragoza. Durante casi seis años, hasta el 13 de junio de 1813, el ejército francés corrió, destruyó, robó, ejecutó por horca o el fusilamiento a cientos de vecinos, y violó los derechos de gentes y de las ciudades. En réplica patriótica, Burgos no fue una ciudad fácil y sumisa; los burgaleses también asaltaron, ahorcaron y fusilaron a los invasores en la temible guerrilla. En aquella contienda se perdieron obras maravillosas de arte, desaparecieron tesoros de iglesias y de particulares, se desparramaron archivos y el castillo de la ciudad, el guardián de su seguridad y de sus caminos, fue definitivamente desmantelado.
El generalísimo inglés, Lord Wellington, jefe supremo de los ejércitos hispano-portugueses y británicos, también tomó Burgos como eje de su marcha contra los ejércitos de Napoleón e hizo el mismo camino que tantos guerreros y viajeros anteriores habían realizado: Burgos, La Brújula. Bribiesca, Pancorvo, Miranda, etc. Una vez más la tozuda realidad anulaba los posibilismos y las alternativas. Burgos estaba construida en el punto exacto de las conveniencias fundamentales.
El solar elegido para la ciudad recibió importantes ventajas al pie de su obra: los materiales apropiados para construir un alcázar, un templo, un palacio señorial y una mansión urgente y accesible. Los alrededores de Burgos se sombreaban con magníficos robledales y encinares que prestaban maderas a propósito; el chopo, el olmo y los pinares del condado de Ara proporcionaban vigas y piezas fundamentales. Burgos disponía de variadas calidades de piedras y de arcillas, desde los cantos rodados de la glera del Arlanzón a los Bosques de inagotables de piedra de los paramos de Hontoria, y arcillas blancas y rojas para las distintas formas de ladrillos y de tejas.
La ciudad erigida por el conde Diego Porcelos comenzó a formarse con los materiales más inmediatos al cerro de San Miguel, pero la expansión del casco urbano no se frenó nunca por ausencia o escased de materiales convenientes- existen importantes estudios sobre la piedra empleada en Burgos y se señalan tres ciclos de aprovechamiento: el primitivo. o de la piedra del páramo inmediato, que se encuentra en las cimentaciones del castillo y de la primera cerca, el segundo, o de la piedra arenisca de Hurones o de Atapuerca y, finalmente, y coexistente con éste, el ciclo de la piedra de Hontoria, una caliza blanca que el sol y el viento se encargan de endurecer y de enmorenecer.
Sin estas piedras la grandeza arquitectónica y artística de Burgos no hubiera sido posible o, al menos, no tan fácil. Los burgaleses debemos a estos elementos humildes, pero imprescindibles, y debemos recordad el increíble esfuerzo de nuestros antepasados para acercar a Burgos las enormes masas de piedra empleadas en la Catedral, en el Monasterio de Las Huelgas, en las parroquias y conventos, en el Palacio del Condestable o en la Casa del Cordón, en las murallas, en las manguardias que retienen a los ríos de Burgos y hasta en las aceras y empedrados.
La cantera de piedra franca de Hontoria (Fuente de oro) merece un estudio singular y el pueblo de Burgos debería saber como se arrancaba en las entrañas de la tierra esa piedra de y cómo se desbastaba y se acarreaba hasta Burgos y a qué precios... El rey Alfonso VI tubo la gentileza de donar esas canteras al obispado de Burgos para construir sobre su palacio la Catedral románica que en 1221 fue derribada para alzar la maravilla gótica que hoy clava sus agujas en el cielo burgalés.
Al repetir en los documentos el adjetivo de franca (libre) parece que quieran expresar que se podía extraer sin gabelas ni impuestos. A mediados de este siglo todavía se extraían 2.000 m3 de piedra al año.
Menos costoso que la piedra es el ladrillo y Burgos disponía de dos factores privilegiados: buenas arcillas y excelentes manos para la obra. En los aledaños de la ciudad, especialmente al sur, barrio de San Pedro y San Felices, se extraían materiales adecuados. En el mismo sector queda la calle de Alfareros, como recuerdo vivo de la industria que se practicó en la ciudad de Burgos desde el 1 de marzo del año 884 y, acaso, no precisamente por burgaleses, sino por moros cautivos que aquí se quedaron y rehicieron sus vidas hasta el siglo XVI en el trabajo del barro cocido.
El mismo nombre de la calle nos habla de ellos y los mayores del lugar recuerdan al alfar de Simón Ruiz, un artista admirable del barro, el último alfarero estético de Burgos, cuyas obras son codiciadas por los coleccionistas y por los amantes del arte. Murió la artesanía y se impuso la industrialización que en el año 1954 producía en Burgos siete millones de ladrillos y de tejas.
El privilegiado asentamiento de Burgos disponía de ámbito, de suelo y de cielo, y gozaban de otro elemento imprescindible para cualquier ciudad: el agua. La geología y morfología burgalesas propician la abundancia de aguas. El Arlanzón es para nosotros un río mayor y el Vena un rió menor.
Nunca los vecinos de esta ciudad podrán agradecerlo bastante el beneficio que prestan a la ciudad, a pesar de las inundaciones con hundimientos y muertes que antaño, antes de construirse los pantanos de cabecera, sucedían en algunas épocas de deshielo.
Pero además de estas corrientes que aportan salud, comodidad y belleza, truchas y cangrejos (antes) y comodidades a los artesanos que lavaban las lanas y a los molineros, bataneros, curtidores y lavanderas, Burgos dispone de abundantes aguas subterráneas; se ha hecho un catálogo de 74 fuentes, algunas con calidades salutíferas, en el termino municipal antiguo, sin incluir Gamonal, Villafría, etc.
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